Cuando el odio se disfraza de Dios
Caminé descalzo por el fuego, no por fortaleza, aunque así lo nombren los que no conocen el temblor, sino por una convicción más profunda: que el dolor no se hereda si alguien decide interrumpirlo. Porque en una sociedad donde amar distinto se condena y odiar se disfraza de virtud, existir se vuelve un acto de resistencia cotidiana. Ser gay aquí no es solo una identidad, es una posición ética frente a un mundo que intenta reducirte, moldearte o borrarte. Y sin embargo, elegí no esconderme, no por valentía heroica, sino porque entendí que la mentira es una muerte lenta, y yo ya había sobrevivido a demasiadas. Me nombraron con palabras que no me pertenecían, me señalaron como si la diferencia fuera delito, me empujaron a silencios que pesaban más que cualquier grito. Lloré, sí, lloré mucho, pero no frente a ellos, sino en ese territorio íntimo donde el alma se desarma sin testigos. Y aun así, cada vez que salí, lo hice con la frente en alto, no porque no doliera, sino porque dolía demasiado como para además regalarles mi dignidad. Aprendí a quedarme en pie incluso cuando el mundo insistía en sentenciarme. Y en ese proceso, algo dentro de mí cambió: dejé de esperar comprensión de quienes habían decidido no entender, y comencé a construirme desde otro lugar, uno más firme, más mío.
Hubo un momento casi imperceptible, en que entendí que no bastaba con resistir. Que el sufrimiento, si no se transforma, se repite. Y entonces decidí que mi historia no sería solo un testimonio de dolor, sino una puerta abierta. Que cada herida podía volverse umbral, que cada lágrima podía traducirse en camino para otros. Porque nadie debería sentirse solo en medio de una guerra que no eligió. Nadie debería creer que su existencia es un error. Y hoy, cuando ese joven se me acerca con la vida rota entre las manos, cuando me habla desde ese borde donde el alma duda si quedarse o saltar, entiendo que todo lo vivido tenía un propósito más grande que yo mismo. No romantizo el dolor, sería una traición a lo que costó, pero tampoco lo niego: lo resignifico. Porque si mi fuego puede ser antorcha para otro, entonces no fue en vano. Si mi voz puede sostener a quien está a punto de quebrarse, entonces cada noche oscura tuvo sentido.
Lo verdaderamente trágico no es la diferencia, sino la incapacidad de amar más allá de los propios dogmas. Es convertir la fe en arma, la moral en castigo y a Dios si es que creen en Él, en cómplice del rechazo. Pero el amor, el amor real, no excluye, no hiere, no empuja al abismo. El amor salva. Y si hay algo profundamente sagrado en todo esto, no está en quienes juzgan, sino en quienes, aun heridos, eligen no devolver odio. Hoy no camino descalzo por el fuego porque me obliguen, sino porque sé que al otro lado hay alguien esperando ver que es posible cruzarlo y seguir vivo. Y si mi historia sirve para que uno solo decida quedarse, para que uno solo entienda que no está mal ser quien es, entonces todo el rechazo, las lágrimas, las pérdidas, encuentra su sentido más alto. Porque no vine a este mundo a encajar. Vine a abrir camino. Y aunque me haya costado todo, hoy puedo decirlo sin temblar: sobreviví… y en ese acto, sin darme cuenta, también comencé a salvar.
Mi lucha sigue en pie, no porque la haya elegido como destino, sino porque otros han decidido convertir mi existencia en su campo de batalla. Persisten en atacarme, en señalarme, en intentar reducirme a un error que nunca fui, escudándose en interpretaciones torcidas de lo sagrado. Han tomado un libro que nació para enseñar amor, compasión y redención, y lo han deformado hasta volverlo instrumento de miedo, un discurso que no libera, sino que asfixia. Y en ese acto, más que negar quién soy, niegan lo más esencial de aquello que dicen defender. Porque no hay divinidad en el odio, no hay moral en la humillación, no hay verdad en una fe que necesita destruir para sostenerse. Lo que llaman pureza no es más que miedo organizado, lo que llaman justicia no es más que violencia legitimada por la costumbre.
Su cruzada moderna no necesita hogueras visibles, porque arde en los silencios forzados, en las vidas que se apagan antes de tiempo, en las identidades que son empujadas al abismo por manos que rezan mientras condenan. Se han arrogado un lugar que no les pertenece, jugando a ser jueces de lo que no comprenden, creyéndose dueños de una verdad que no les fue entregada para excluir, sino para amar. Pero hay algo que no han logrado destruir: mi capacidad de permanecer, de resistir sin convertirme en aquello que me hiere. Porque si algo he aprendido en medio de este fuego es que la verdadera fortaleza no está en endurecerse, sino en no perder la humanidad. Y aquí sigo de pie, entero, irrenunciable, no como un acto de desafío, sino como una declaración de vida: no pudieron quebrarme, no pudieron convertirme en odio, y mientras respire, mi existencia será prueba de que el amor, incluso herido, sigue siendo más fuerte que cualquier cruzada.


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