Mi verdad no es heredada
Mis ideas son claras. No porque sean inmutables, sino porque han pasado por el proceso más honesto que puede atravesar un pensamiento: la confrontación con la realidad y con mi propia conciencia. No espero que el mundo las comparta, pero tampoco estoy dispuesto a disfrazarlas para encajar en la comodidad de lo aceptable. Pueden criticarlas, desafiarlas, desmontarlas si es posible, pero no cambiarlas por presión. Las ideas no cambian porque alguien levante la voz más alto o porque un grupo decida que algo es moralmente obligatorio creerlo. Cambian cuando la razón logra penetrar la conciencia y obligarnos a mirar nuestras convicciones con nuevos ojos.
En ese sentido, siempre me ha parecido profundamente honesta una intuición de Friedrich Nietzsche, cuando advertía que el verdadero pensador no es aquel que repite verdades heredadas, sino aquel que se atreve a crear las suyas propias. Nietzsche desconfiaba profundamente de las morales colectivas que se presentan como verdades absolutas, porque sabía que muchas veces no son más que acuerdos sociales nacidos del miedo, de la costumbre o de la debilidad. Y aunque no comparto todas sus conclusiones, comprendo su advertencia: la independencia intelectual siempre incomoda.
No pido permiso para pensar como pienso. No pido permiso para ser quien soy. En una época donde las opiniones parecen necesitar validación permanente, sostener una idea con serenidad se ha convertido casi en un acto de rebeldía. Pero esa rebeldía no nace del capricho, nace de una convicción simple: nadie puede vivir una vida auténtica si su pensamiento depende constantemente de la aprobación de los demás. Aquí encuentro también eco en Jose Ortega y Gasset, quien afirmaba que el ser humano no es una esencia abstracta sino una realidad concreta: “yo soy yo y mi circunstancia”. Esa frase encierra una verdad profunda. No pensamos desde el vacío. Pensamos desde la historia que nos formó, desde la cultura que nos rodea, desde las heridas y las experiencias que moldean nuestra visión del mundo.
Mis ideas, por tanto, no son simples opiniones lanzadas al aire. Son el resultado de una circunstancia histórica y personal. Soy dominicano. Soy hijo de una historia compleja, marcada por luchas, contradicciones y tensiones permanentes entre la libertad y el poder. Por eso afirmo algo que incomoda a muchos: soy trujillista. Y sé perfectamente lo que esa palabra provoca. En la imaginación colectiva dominicana se asocia inmediatamente con represión, miedo, culto a la personalidad y violencia estatal. Y no es una asociación injusta. Sería absurdo negar el peso de esos hechos en la historia nacional.
Pero el problema de las sociedades que temen mirar su pasado es que terminan reemplazando el análisis por el tabú. Yo no defiendo la tortura. No justifico la persecución política. No considero aceptable el uso del terror como instrumento de gobierno. Para mí, esas prácticas son moralmente abominables.
Pero también creo que la historia no puede analizarse con la comodidad de la simplificación moral. Los pueblos que reducen su pasado a caricaturas terminan perdiendo la capacidad de comprenderse a sí mismos.
En este punto encuentro una reflexión muy poderosa de Hannah Arendt, quien dedicó gran parte de su obra a estudiar la naturaleza del poder y del totalitarismo. Arendt explicó que el mal político muchas veces no aparece como una monstruosidad evidente, sino como un sistema complejo donde se mezclan orden, eficiencia, miedo y obediencia. Su famosa idea sobre la “banalidad del mal” no significa que el mal sea trivial, sino que puede surgir dentro de estructuras aparentemente normales. Y eso obliga a algo incómodo: pensar con profundidad, no reaccionar con consignas.
El régimen de Trujillo tuvo una cara oscura que marcó profundamente la historia dominicana. Pero también tuvo políticas económicas y estructurales que transformaron el país. Su política económica buscó eliminar el endeudamiento externo, impulsar la sustitución de importaciones y fomentar la producción nacional. En una región donde muchas economías dependían completamente de intereses extranjeros, esa visión representó un intento de construir una economía más autónoma. Se construyeron carreteras, puentes, canales de riego y edificios públicos que modernizaron la conectividad nacional. Se impulsó la creación de industrias manufactureras que antes no existían en el país. Se establecieron instituciones financieras fundamentales como el Banco Central y el Banco de Reservas, consolidando el peso dominicano como moneda nacional.
Nada de esto borra los abusos del régimen. Pero tampoco puede ser borrado de la historia. Negar la complejidad histórica es una forma de infantilizar la memoria colectiva. En la tradición política dominicana, uno de los pensadores que más profundamente reflexionó sobre la estructura social del país fue Juan Bosch. Bosch analizó la formación de la sociedad dominicana con una claridad que todavía hoy resulta incómoda. Explicó cómo las estructuras de poder, las desigualdades económicas y la debilidad institucional moldearon la política nacional durante generaciones. Leer a Bosch obliga a comprender algo esencial: los fenómenos políticos no surgen en el vacío. Son el resultado de condiciones históricas concretas.
Por eso no me interesa glorificar el pasado ni destruirlo. Me interesa entenderlo. Una nación madura no borra su historia. La estudia con honestidad. Otra de mis convicciones suele provocar incomodidad: mi relación con la religión.
Creo en Dios. Pero no creo que la espiritualidad necesite intermediarios obligatorios. A lo largo de la historia, muchas religiones institucionalizadas han construido sistemas de poder alrededor de la fe. Han utilizado la culpa como instrumento de control y la ignorancia como terreno fértil para consolidar autoridad. Esto no significa que toda religión sea necesariamente manipuladora. Significa que las instituciones humanas, incluso las religiosas, pueden corromperse.
Mi fe no depende de templos ni de jerarquías que pretendan administrar mi relación con lo divino. Mi fe es directa, personal, íntima.
En este punto también encuentro resonancia con una idea radical de Ayn Rand, quien defendía que el individuo debe ser el centro de su propia vida moral. Aunque su filosofía del objetivismo se centró más en la razón que en la espiritualidad, su defensa del individuo frente al colectivismo contiene una intuición poderosa: nadie puede vivir auténticamente si delega su conciencia en otros. La conciencia no se puede subcontratar. Cada ser humano debe enfrentar su propia responsabilidad moral. Por eso creo firmemente que cada persona tiene derecho a vivir su vida como quiera, siempre y cuando no haga daño a nadie.
Esa idea simple encierra uno de los principios más profundos de la libertad humana. No tengo que aprobar todo lo que existe en el mundo. No tengo que entender todas las decisiones que toman los demás. Incluso puedo considerar muchas de ellas equivocadas desde mi perspectiva. Pero la libertad no consiste en imponer nuestra moral personal a toda la sociedad.
La verdadera tolerancia comienza precisamente donde termina nuestra comodidad. Es fácil defender la libertad de quienes piensan como nosotros. Lo difícil es aceptar la libertad de quienes viven de formas que no compartimos. Ese es el verdadero examen de una sociedad libre. Cuando las sociedades fracasan en esa prueba, aparece el impulso de prohibir, censurar o controlar. Y ese impulso no pertenece a una ideología específica. Puede aparecer en la derecha, en la izquierda, en la religión o en el secularismo. Siempre que un grupo cree poseer la verdad absoluta, aparece la tentación de imponerla. Por eso desconfío profundamente de quienes creen tener respuestas definitivas para toda la humanidad.
El ser humano es demasiado complejo para encajar en un solo molde moral. La diversidad de pensamiento, de cultura y de formas de vida no es un problema que deba corregirse. Es el resultado natural de la libertad humana. Y la libertad, aunque imperfecta, aunque incómoda y a veces caótica, sigue siendo la única condición bajo la cual un individuo puede vivir con dignidad.


No hay comentarios:
Publicar un comentario